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Luis Avendallo, el vendedor de garrapiñadas que convirtió la calle en su vida

A los 78 años, sigue aferrado a un oficio que aprendió en la infancia y que, con el paso de las décadas, se convirtió en mucho más que un sustento: en una forma de vida.

“Tenía 10 años cuando empecé a trabajar porque antes la situación era distinta a la de ahora”, recuerda. Su iniciación laboral fue en el ferrocarril Belgrano, donde ayudaba a un vendedor y, en su ausencia, quedaba al frente del puesto. Aquel aprendizaje temprano marcó el rumbo de su vida. “Compré una paila, después compré otra y así empezó la cosa”, cuenta a Canal 9 con la naturalidad de quien reconstruye un camino sin grandes giros, pero sostenido en la constancia.

El secreto de su producto, explica, no está en una receta compleja sino en la paciencia y el ojo entrenado: “Se echa agua y la mermás al gusto tuyo, y se va cocinando”. En ese gesto repetido miles de veces, mezclar, remover, esperar el punto justo, se condensa una experiencia acumulada durante más de seis décadas.

Avendallo no conoció otro oficio. Explica que “toda mi vida este fue mi único trabajo, aunque también vendí otras cosas”. Sin embargo, las garrapiñadas siempre ocuparon el centro de su rutina, acompañando también los momentos más importantes de su vida personal. “Después nacieron mis hijos, uno tiene 42 años y el otro 38. Mis hijos fueron criados mientras yo vendía garrapiñadas”, dice.

Su historia, lejos de la épica empresarial o del éxito repentino, se inscribe en la persistencia cotidiana. En la calle, entre el humo dulce del azúcar caramelizada y el murmullo de los transeúntes, Avendallo construyó un legado silencioso: el de quien hizo del trabajo un hilo conductor que une generaciones y sostiene, aún hoy, su identidad.

 

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