
Es tiempo de mujeres: disputar el poder para transformar la política
Por Alejandra Ibáñez — Politóloga y coach ontológica
La Rioja atraviesa una oportunidad histórica: por primera vez, una mujer podría llegar a la Gobernación de la provincia. No es una posibilidad surgida de la nada ni una concesión del poder. Es el resultado de generaciones de riojanas que abrieron caminos desde la militancia, la gestión, las organizaciones sociales y cada territorio.
La Cumbre Política de Mujeres abrió un debate nacional sobre liderazgo y acceso al poder, realizada este 7 de noviembre, permitió ponerle palabras y contenido a ese desafío. Reunió trayectorias, aspiraciones y diferencias, pero también una convicción compartida: la representación femenina no se agota en alcanzar un cargo. La pregunta decisiva es qué hacemos con el poder una vez que lo conquistamos.
En un contexto nacional de ajuste y retrocesos denunciados durante la jornada, el gobernador Ricardo Quintela reivindicó la presencia de las mujeres en la política riojana y llamó a escuchar las necesidades de cada comunidad. Karen Navarro destacó la importancia de sostener políticas de género y de construir una agenda común. Esa convocatoria cobra especial sentido en una provincia cuya reforma constitucional de 2024 incorporó nuevos derechos y garantías de paridad.
Las intervenciones de las panelistas dieron profundidad a la discusión. Hilda «Beba» Aguirre de Soria recordó que ocupar lugares de decisión debe servir para transformar la realidad, no para reproducir viejas prácticas. También planteó una responsabilidad que excede la competencia electoral: acompañar y sostener a la mujer que llegue. Estela Díaz vinculó la igualdad de género con la justicia social y reclamó que las mujeres participen de las mesas donde se define el rumbo político.
Gabriela Pedrali puso el foco en las formas visibles e invisibles de la violencia política: exclusiones de reuniones, descalificaciones y silenciamientos que buscan expulsar a las mujeres de los espacios de decisión. Su intervención mostró de datos contundentes basados en estudios parlamentarios: 8 de cada 10 legisladoras en la Argentina han sufrido violencia política en el ejercicio de su función, pero solo 1 de cada 10 se anima a denunciar y sumó a la agenda de violencia que circula en las redes sociales. Diana Maffía profundizó esa mirada al señalar el carácter disciplinador de la violencia y proponer la ética del cuidado como horizonte para otra forma de ejercer el poder.
Teresita Madera llevó el debate al terreno de las decisiones concretas: “disputar el poder significa tener la lapicera, la caja y la agenda”, formuló una premisa ineludible para la emancipación política de las mujeres. Es decir, poder decidir, administrar recursos y establecer prioridades. También cuestionó el doble estándar que convierte la competencia entre mujeres en una supuesta «pelea», mientras que entre varones se interpreta como parte natural de la “alta política”, vale decir: “Superar el mito de la pelea de mujeres".
Marita Perceval propuso un pacto ético, político y social de sororidad, capaz de convertir las diferencias en cooperación sostenida. Tambie n denunció con cifras obscenas el gasto militar global e instó a redirigir los recursos de la deuda hacia la salud, la educación y la mitigación del cambio climático, el cual afecta de manera desproporcionada a la salud integral y la dignidad de las mujeres y niñas.
En el último panel, Florencia López reivindicó la experiencia de las mujeres del interior y la necesidad de humanizar la política frente al sufrimiento social. Marcela Pagano, desde otra trayectoria política, mostró que pueden construirse coincidencias en torno a la dignidad, la transparencia y la defensa de derechos sin borrar las diferencias. Allí apareció una de las enseñanzas más relevantes de la Cumbre: la unidad no exige uniformidad.
Hay una dimensión de este debate que me interpela especialmente. El lenguaje político no solo describe lo que ocurre: también habilita o clausura posibilidades. Cuando una mujer es deslegitimada por aspirar a conducir, cuando su voz se minimiza o cuando sus diferencias con otra dirigente se convierten en espectáculo, no estamos ante simples palabras. Estamos ante prácticas que condicionan quién puede ejercer el poder. Cambiar esas conversaciones también es transformar la cultura política.
Por eso, no alcanza con celebrar la posibilidad de una primera gobernadora. El verdadero salto histórico será que esa conquista amplíe la participación, fortalezca las instituciones y coloque la vida cotidiana de las personas en el centro de las decisiones. La sororidad no debería ser una consigna para una fotografía, sino una práctica política capaz de atravesar la competencia y sostenerse después de las elecciones.
Es tiempo de mujeres, sí. Pero, sobre todo, es tiempo de demostrar que llegar al poder puede significar una manera distinta de ejercerlo. Ese es el desafío colectivo que La Rioja tiene por delante.

